DEL DIARIO CLARÍN

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Adiós a un grande

Sergio Víctor Palma, esa fiera arriba del ring que tuvo una vida de película con un final doloroso

El chaqueño de infancia humilde conoció la fama, pero sufrió demasiado castigo en su cuerpo.

 

Sergio Víctor Palma, en andas, en la puerta de la Federación Argentina de Box. Foto: Archivo

 

Horacio Pagani

 

Sergio Víctor Palma falleció víctima del Covid-19 a los 65 años. Fue campeón mundial de los supergallos entre 1980 y 1982. Pero más allá de la parábola a veces irremediable de los boxeadores (pobreza extrema-fama-dinero-vuelta a la pobreza), su historia es muy particular. Había nacido en La Tigra, Chaco, el día de Año Nuevo de 1956, en un rancho de algodoneros. Cubierto de necesidades que trataba de saldar buscando comida en los campos junto con su hermano. La familia vivía en el alero de una casilla. Poco a poco empezó la búsqueda de Buenos Aires para encontrarse con la vida.

Como todos los de su condición, trabajó de todo hasta que alguien le encontró una hendija para entrar en el boxeo. De aspecto tímido y esmirriado, lleno de rulos, llegó al gimnasio del Luna Park. Y al poco tiempo lo tomó el severo Santos Zacarías para entrenarlo con el rigor que solía emplear.

“Pelea en supergallo”, se determinó. Y así, guiado por la sagacidad de Tito Lectoure, cuando ya se había transformado en un peleador furioso fue en búsqueda de su gran destino boxístico. Mientras tanto, con la misma avidez iba buscando cómo transformar su escasa instrucción escolar en una cultura empecinada y popular.

Sergio Víctor Palma, en 2008.

La primera gran prueba la realizó en Barranquilla, Colombia, en 1979. Pero no pudo derrotar al campeón, el local Ricardo Cardona. La pelea había sido muy pareja y por eso Tito bregó para que le dieran la revancha. Pero en el camino el colombiano resignó su cetro mundial ante el estadounidense Leo Randolph. Y en Spokane, Estados Unidos, se le dio la segunda oportunidad.

El campeón salió confiado a hacer valer su calidad en una pelea larga. Pero Palma, fiel al estilo de su maestro Zacarías, arrancó como una tromba, metiéndose en el cuerpo a cuerpo y tirando golpes desde todos los ángulos. Y logró derribar al sorprendido Randolph. Lo volvió a castigar con la misma intensidad en el segundo. Y pareció agotado en los asaltos siguientes. Hasta que recuperó el aire. Y en el quinto completó la hazaña de convertirse en el primer campeón mundial argentino consagrado en los Estados Unidos.

Había llegado la fama. Y también llegaron “los amigos del campeón”. Su singular personalidad lo transformaba afuera del ring en un muchacho apacible, ansioso por aprender. Y se dedicaba en los tiempos libres a recitar poemas. A sumarse al colectivo mediático.

Homenaje antes para Palma antes de la pelea entre Omar Narvaes y Adonis Rivas.

Hizo cinco defensas exitosas de su título supergallo de la AMB. Era su contracara. Parecía una fiera arriba del ring. Pegaba y recibía con tal violencia que levantaba al público de sus asientos. Pasaron el panameño Ulises Morales, el dominicano Leonardo Cruz, el colombiano Cardona (en la revancha), el tailandés Vichit Muangroi et y el panameño Jorge Luján. Fueron verdaderas batallas. Triunfales, pero riesgosas para su salud.

Perdió la corona en Miami ante el dominicano Cruz, en plena guerra de las Malvinas. Ya estaba en el arrasador torbellino mediático. Se divorció de su mujer, con cuatro hijos. Y lentamente sus inversiones -restaurante, una gigantesca mansión en Adrogué, gimnasios y otros negocios- terminaron en fracasos.

Tuvo un accidente automovilístico, hasta que en 2004 le dio un cruel ACV que le dejó impedimentos para caminar y hablar. Pero siguió apostando en su búsqueda desesperada de sobrevivir con dignidad. Querido por todos, cumplió funciones periodísticas en la televisión. Pero su cuerpo le rendía facturas a aquellas fierezas en el ring. Y se le sumó el Parkinson.

Julio César Vazquez, Marcelo Domínguez y Sergio Víctor Palma están entre quienes encabezan el reclamo para la formación de un sindicato de boxeadores.

En 2012 conoció a Orieta, una mujer mayor que le presentó una hija de ella casi de casualidad. Y Orieta fue su guía absoluta, su sostén en estos últimos años en Mar del Plata. Pusieron un gimnasio -ella en realidad- y les volvió a salir mal la apuesta. El ring se lo regaló a Fernando Sosa, un antiguo rival al que le había ganado en el fallo de los jurados, pero no en el ring, ciertamente. Y esa fue su compensación y la amistad que siguió hasta el último día. El Covid fue el que le dijo basta al campeón. Y poeta.

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